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13/04/2026

Cerca de la mitad de los jóvenes que crecen en barrios populares abandonaron el colegio secundario

Un estudio advierte que la deserción duplica el promedio nacional y está marcada por el trabajo precoz, la falta de acompañamiento y hogares atravesados por la precariedad.

AMBA. Un estudio advierte que la deserción duplica el promedio nacional y está marcada por el trabajo precoz, la falta de acompañamiento y hogares atravesados por la precariedad. 

Paula Soler 
LA NACION 

Alos 14 años, Lucas engañaba el hambre con una especie de engrudo dulce hecho con agua caliente y cacao. Así, no le dolía tanto el estómago a la hora de dormir o estudiar. Su padre se había ido de la casa y lo poco que ingresaba en su hogar, en Villa Soldati, era para que cenara su hermano de 8. Su madre, empleada doméstica, también se salteaba la cena. Lucas se pasó a una escuela nocturna para trabajar en una verdulería. De 5 de la mañana a 5 de la tarde subía y bajaba cajones de frutas que lo doblaban en peso. La plata era poca y comenzó a hacer delivery por la noche. Dejó la secundaria. 

Iván había repetido varias veces la primaria en su barrio, en Los Hornos, Moreno. Como llegó al primer año de la secundaria con 16, los docentes le decían que debía ir al turno noche, para cursar con adultos. Se sintió incómodo, no encajaba. ?Para qué estudiar?, se preguntaba. Pensó entonces que ?era más piola? trabajar y se metió como ayudante de albañil en una obra. Dejó la secundaria. 

Alos 16, a Milagros ya no le gustaba compartir la ropa con su hermana, quería tener sus propias cosas, zapatillas, perfumes. Para no ser una carga para sus padres, comenzó a limpiar casas y a cuidar a una señora mayor de su barrio, en Parque Patricios. Trataba de seguir estudiando, pero faltaba mucho a clases. Un día el director la llamó y le dijo que era una irresponsable. Ella se puso a llorar. Dejó la secundaria. 

Las historias de Lucas, Iván y Milagros exponen un drama preocupante: el 42%, es decir casi la mitad de los jóvenes de entre 19 y 24 años que viven en villas y asentamientos del AMBA, abandonaron la escuela, según revela un estudio reciente del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS) y Fundar, una organización orientada al análisis y diseño de políticas públicas. El porcentaje duplica el promedio del país y quintuplica la deserción que existe entre los jóvenes que crecen en los hogares con mayores ingresos. 

La investigación, anticipada en exclusiva para LA NACION, logró además identificar las razones de esa fuga y expulsión del sistema educativo. La conclusión es que los ?jóvenes están solos? y la escuela como faro que promete progreso se desvanece en los barrios populares. La mayoría de los chicos que dejan el colegio empiezan a trabajar a los 14 años o menos para sumar ingresos al hogar y muchos se ocupan de cuidar a sus hermanitos. En general, crecen en hogares ?rotos?, ?conflictivos? o donde las madres, único sostén familiar, están exhaustas. 

El análisis de ese quiebre de las trayectorias escolares, marcado por una desigualdad estructural, pone luz en problemáticas que necesitan una intervención urgente: la naturalización del consumo problemático de sustancias y una crisis de salud mental sin precedentes. La mitad de los jóvenes afirman haber sufrido ansiedad y el 37%, depresión. 

?Es una generación de pibes que no tienen red, están solos. En muchos casos, la decisión de ir a la escuela está exclusivamente en manos de ellos. Sin embargo, muchos tienen la necesidad de no ser una carga para sus 

madres, de aportar ingresos al hogar. Son chicos que no se imaginan un futuro y entienden que, estudien o no, su vida va a ser la misma?, plantea Daniel Hernández, uno de los investigadores del estudio que se realizó a partir de encuestas y entrevistas en seis barrios populares: Kilómetro 13 (Quilmes Oeste), Villa Mitre y San Ambrosio (San Miguel), Fuerte Apache (Tres de Febrero), Ciudad Oculta y Playón de Chacarita, en la ciudad de Buenos Aires. 

?Los chicos están atravesados por la violencia, problemas de salud mental, carencias económicas y, en ese contexto, la escuela no llega a garantizar su continuidad, está desbordada porque la vida afuera está desbordada. La escuela no puede cambiar lo económico, la dinámica de trabajo de los chicos y el ingreso de las familias, pero sí debería tener más herramientas y presupuesto para contenerlos?, suma María Migliore, referente de Fundar, la otra ONG que intervino en la elaboración del estudio, realizado en base a 600 encuestas presenciales a jóvenes. LA NACION consultó a las áreas de Educación de la Nación, la Ciudad y la provincia de Buenos Aires para saber si se registraban un fenómeno específico de abandono escolar en barrios populares del AMBA, pero ninguno advirtió tal situación, de acuerdo a sus respuestas. 

?El abandono escolar no tiene que ver con el barrio en el que residen los chicos?, consideraron desde el gobierno porteño, donde subrayan que cuentan con un equipo de promotores escolares que salen a buscar a los chicos cuando dejan de asistir a las aulas. 

Desde el Ministerio de Educación bonaerense dijeron que el porcentaje general de estudiantes que abandonan la escuela desciende desde 2011. ?La tasa de finalización del nivel secundario superó el 80% en los últimos años?, aseguraron. 

Aunque no precisaron la terminalidad en villas y asentamientos, destacaron el rol de los centros socioeducativos y comunitarios en barrios populares, que trabajan en la vinculación y revinculación edu- 

Milagros, hoy de 20 años, retomó la secundaria en un bachillerato de adultos 

RODRIGO NÉSPOLO 

cativa de chicos de entre 4 y 21 años. 

?Yo solo me largué a llorar. Estaba enojada y me hizo sentir una inútil?, recuerda Milagros sobre el día que el director de su colegio la citó para decirle que tenía demasiadas faltas, que tenía que ser más responsable. 

?Nunca me preguntó porqué faltaba o por qué me quedaba dormida en clase?, dice. 

Milagro trataba de estar al día y estudiar, pero no entendía nada. En su hogar tampoco podía concentrarse. Sus padres trabajaban todo el día, él como empleado de seguridad y ella como empleada doméstica, para pagar el alquiler de la casa. Y cuando estaban en familia, solo peleaban entre ellos. Al poco tiempo se separaron. 

El día que ella decidió dejar la escuela ninguno de los dos se planteó para que siguiera. 

La soledad, la tristeza y la falta de 

guías de las que habla Milagros son palabras que resuenan también en el informe del CIAS y Fundar. Los chicos no solo sienten angustia, se sienten desprotegidos y sin rumbo. ?No podía imaginarme ningún futuro en la escuela?, dice Milagros. 

Los niños, jóvenes y adolescentes crecen en tejidos sociales conformados por las familias, las escuelas, los servicios y los espacios de sociabilidad como clubes o centros culturales, indica Hernández. ?Todo esto les permite tener herramientas para imaginar una vida que les organice el presente y para que puedan proyectarse en el futuro. Pero esas tramas están deterioradas, entonces ese futuro se hace difuso?, agrega. 

Durante la adolescencia ?es imprescindible la figura de un adulto que guíe, porque los chicos empiezan a tener estímulos del afuera?, explica Viviana Postay, especialista en gestión educativa y referente de Argentinos por la Educación. ?Y en las escuelas de sectores populares se necesita mucho ese adulto referente que escuche sin juzgar, porque a veces la escuela es el único lugar al que pueden recurrir cuando sus familias están rotas, no hay clubes de barrio o lo que pasa en la esquina es un peligro latente?, describe. 

El riesgo al que hace referencia Postay es uno que avanza y ?compite? con la escuela en muchos barrios populares: el narcotráfico. De acuerdo con el estudio de CIAS y Fundar, el 51% de los jóvenes dicen que la mayoría de sus amigos consumen drogas y el 15% reconocen ser o haber sido adictos. 

Para el adolescente resulta fundamental poder identificarse con algo o con alguien, dice Postay. Por eso, cree que para que los menores se sientan identificados con su escuela y entiendan que vale la pena seguir estudiando, es necesario que los equipos pedagógicos cuenten con tutores capacitados. 

Pero hay un antes del abandono. Comienzan a faltar al colegio y, nuevamente, la necesidad de salir a trabajar es el principal obstáculo para lograr sus metas. Les sigue el tener que 

cuidar a sus hermanos, no haber podido sostener el ritmo de estudio o la exigencia académica. Y transitar un embarazo, para el caso de las adolescentes. 

La escuela como faro 

?Cada vez que llegaba a casa y me recostaba, el cuerpo me dolía tanto que me costaba dormir. Cuando dejé de cargar cajones de fruta, empecé a trabajar como albañil. El cuerpo me dolía más y empecé a toser y a escupir sangre. Me dijeron que era porque en las obras las partículas de yeso y cemento quedan en el aire, la respiro y las llevo a los pulmones?, relata Lucas. 

En ese tiempo, y antes, trató de volver a estudiar en colegios nocturnos. Pero faltaba muy seguido porque se quedaba dormido o le cambiaban el horario en el trabajo informal que tenía. Entonces, volvía a abandonar. 

?Me sentía contento porque podía llevar la comida a casa y tener mi plata. Pero también frustrado. Mi sueño era volver a estudiar para dejar estos trabajos que te rompen todo y en los que vivís al día?, dice. 

El sueño del que habla Lucas se refleja en el informe del CIAS y Fundar: padres, madres y adolescentes encuestados destacaron que aún tienen la idea de que la educación es una herramienta para cambiar su realidad. 

?A pesar de todos los problemas que atraviesa, la escuela sigue siendo una institución valorada. Los chicos dicen que se tienen que rescatar?, volver al colegio. Esto es una oportunidad para que el Estado fortalezca una política educativa que incluya inversión en equipos?, señala Migliore. 

?Para cualquier trabajo que no sea de fuerza, te piden un analítico. Mis compañeros de la obra, que son más grandes que yo, siempre me decían que tenía que volver al colegio, que podía hacerlo. Así que este año me metí en un bachiller de adultos. Acá siento que tengo oportunidades?, cuenta Lucas, que ya tiene 25 años y va todos los días a estudiar al Centro Educativo Raymundo Gleyzer, que es parte de una red de Bachilleratos Populares del Movimiento Evita. 

Asegura que cuando termine, podrá ser chofer de una línea de colectivos donde trabaja su padre. Cobrar en blanco, tener obra social y disfrutar de vacaciones y aguinaldo. 

Milagros, hoy de 20 años, vive con sus tíos maternos y tiene un emprendimiento de venta de perfumes importados. Hace tres años que entró al mismo bachillerato que Lucas. Dice que antes de anotarse dudó. Tenía miedo de que la rechazaran, que le dijeran que era una inútil. Cuando cuenta se ríe. ?Acá entienden que tenemos que trabajar y puedo preguntarme mil veces cuando no entiendo algo o cuando me pongo nerviosa. Me dicen que respire hondo, que puedo resolver lo que sea. Y lo hago?, relata. Su sueño es terminar la secundaria y estudiar marketing o ser farmacéutica. 

?Me hice el vivo dejando la escuela. El tiempo pasó y ahora me doy cuenta de que la pala pesa más que el lápiz?, resume Iván, que había abandonado el colegio a los 16 para ser independiente. Hoy tiene 20 años y sigue trabajando como albañil. ?Hay un bachiller de adultos en un barrio cercano, pero no es muy seguro para andar de noche?, cuenta desde el centro deportivo y cultural de Marta Radice, en Moreno. 

Marta es la vecina que lo fundó para hacerle frente al avance de las drogas en el barrio. Allí Iván come los sábados y colabora en la cocina, o donde lo necesiten. Afirma que ahí lo escuchan cuando tiene problemas y que habla con los más chicos para que ?se rescaten?. ?Les digo lo mismo que a mi hermanito menor, que terminen el colegio, que les van a pedir el título para trabajar de cualquier cosa. Que quizás pueden conseguir un trabajo en blanco. Que solo así pueden elegir y ser alguien?, cierra. 

Esta nota forma parte del proyecto Vidas Desiguales de Fundación LA NACION, que busca visibilizar la falta de oportunidades que atraviesa a los adolescentes y jóvenes que crecen en contextos vulnerables. Podés escanear el código QR o entrar a www.lanacion. com.ar/tema/vidas-desiguales/ para conocer más historias, investigaciones e iniciativas sobre esta problemática.

Fuente: La Nación

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