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15/07/2021

Más de 100.000 muertos por Covid: la Argentina cruzó una barrera trágica

En términos comparativos, el virus se llevó el equivalente a la población total de una ciudad del tamaño de Santa Rosa; varias medidas oficiales tampoco fueron efectivas

La Argentina acaba de cruzar la barrera de los 100.000 muertos por coronavirus, y el número, frío y demoledor, no solo lo encierra un universo de sufrimiento: también dispara decenas de preguntas. ¿Cuánto dolor representa cada una de esas vidas truncadas por la pandemia? ¿Cuáles serán las marcas que dejarán esas pérdidas? ¿Cuántas se podrían haber evitado si las políticas adoptadas hubieran sido otras, si las vacunas llegaban a tiempo? ¿Cuántas muertes restan sufrir aún antes de que por fin veamos el fin de esta pesadilla? ¿Hay respuesta ante tanta desolación? 
Con los números difundidos ayer, la Argentina suma 100.250 muertos. La cifra, por lo pronto, abruma. Puesto en términos comparativos, este virus se llevó el equivalente a la población total de una ciudad mediana. Un poco más de 100.000 son los habitantes de Santa Rosa, la capital de La Pampa. 
En el ranking global, la Argentina ocupa uno de los peores lugares. Ayer por la mañana, con una tasa de 2239 muertes cada millón de habitantes, estaba dentro de los diez países más afectados. Perú encabeza esa ominosa tabla, que incluye a otros países de la región en los primeros lugares. Brasil y Colombia están incluso peor que la Argentina. 
El virus no distinguió colores políticos y fue impiadoso con América del Sur: ninguna otra región se vio tan diezmada. Su daño se cuenta en muertes, pero también en el derrumbe económico y en los miles de chicos en edad escolar que vieron interrumpida su educación. 
En la inmensidad de los grandes números se esconde el llanto de las familias que sufrieron pérdidas. El coronavirus fue cruel no solo por lo contagioso y letal, sino también por la imposición de agonías en soledad a las que obligó, en especial al inicio de la pandemia. 
Los protocolos de aislamiento absoluto hicieron que los enfermos terminales tuviesen que cursar los últimos días de su vida alejados de sus familias y amigos. Incluso el contacto con médicos y enfermeros era limitado y estaba mediado por las capas de protección que dificultaban la comunicación. "Los pacientes nos miran como si fuéramos astronautas y encima se sienten culpables porque entienden que nos estamos protegiendo de ellos. Es muy difícil comunicarnos en esas condiciones", explicaba Isabel, una enfermera del Hospital Fernández, al comienzo de la pandemia. 
La deshumanización de los ritos con que aprendimos a lidiar con la muerte se trasladó a los entierros y velorios, que en el inicio también estaban restringidos. El amigo de una de las primeras víctimas de Córdoba recuerda el clima de clandestinidad que rodeó al entierro. El empleado del servicio fúnebre dejó la urna en una tapia "como si fuese una bomba atómica" y los cinco presentes se apuraron a depositarla en la fosa que habían cavado durante la noche. Parecía, dijo, "el entierro de un narcotraficante". 
"Morir en un completo aislamiento no es un buen morir. Es todo lo contrario a lo que la mayor parte de las personas imaginan para su muerte e impacta de manera negativa en la elaboración del duelo", señala Gustavo de Simone, un médico especialista en cuidados paliativos que coordinó entrenamientos y protocolos para humanizar el cuidado de pacientes terminales y sus familiares hasta lograr incluir el ?derecho a la despedida? en las prácticas de muchos hospitales. 
De Simone explica que el propio personal de salud sufrió a causa de haber tenido que lidiar con tantas muertes traumáticas. La "fatiga por compasión", dice, es una consecuencia del cansancio físico y emocional que generó la pandemia en los profesionales de la salud. Se manifiesta en insomnio y alteraciones de ánimo, entre otros síntomas. Ellos, los médicos, enfermeros y el resto de los trabajadores de clínicas y hospitales se llevaron una de las peores partes de esta tragedia. 
Entre las víctimas mortales, los adultos mayores fueron los que más sufrieron. Más de la mitad de las muertes por coronavirus registradas en la Argentina fueron de personas que habían superado los 70 años. 
El miedo al contagio representado por esa cifra generó largos períodos de aislamiento, en los que ese segmento de la población vivió privado del contacto con sus familias. Pero no fueron los únicos: el virus fue democrático a la hora de esparcir restricciones, aislamiento y temor. 
Tanto dolor y sufrimiento se dio en el contexto de una creciente confrontación política. El Gobierno fue rápido para implementar una temprana cuarentena. El 19 de marzo del año pasado, Alberto Fernández anunció el inicio de un confinamiento obligatorio con el objetivo, dijo, de fortalecer el sistema de salud y evitar el colapso de hospitales que entonces se veía en Europa. 
Esa medida y las sucesivas prolongaciones iniciales de la cuarentena fueron anunciadas con un significativo consenso político, cuya imagen más elocuente fue el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, y el jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, sentados a la misma mesa que el Presidente. 
"Prefiero tener el 10% más de pobres y no 100.000 muertos en la Argentina", dijo el Presidente en un reportaje publicado en el diario Perfil el 12 de abril del año pasado. Al final, la Argentina padeció la pobreza y también los muertos, pero la frase señala la lógica con que Fernández se abrazó a sus decisiones sanitarias en el inicio de la pandemia. 
 

Fuente: La Nación

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