Redes, medios y poder: quién define hoy la agenda
Menos del 40% confía en los medios tradicionales mientras X y otras redes ya son la fuente original de buena parte de la agenda informativa.
Por José Luís Primo
Llevo más de dos décadas en redacciones y mi rutina solía empezar abriendo los cables de las agencias de noticias; hoy empieza abriendo X. En enero de 2024, esa red social superó los 600 millones de usuarios activos mensuales, un dato que por sí solo ya explica buena parte de lo que sigue. Ese mismo mes, tres de las cinco noticias más leídas en el mundo anglosajón no fueron producidas por redacciones periodísticas: fueron publicaciones originales de funcionarios, activistas o testigos directos que los medios recogieron horas después.
No es una anécdota. Es una descripción del nuevo orden informativo, y conviene mirarlo sin nostalgia ni catastrofismo. Durante décadas, el periodismo organizado operó como el único intermediario legítimo entre los hechos y la ciudadanía: las agencias de noticias filtraban y verificaban, y los diarios, radios y canales de televisión amplificaban y contextualizaban. Era un sistema con fallas 'la concentración de la propiedad mediática, los intereses editoriales, la distancia con ciertas audiencias' pero tenía una arquitectura reconocible. Hoy esa arquitectura se rompió, y lo que ocupa su lugar sigue siendo un territorio sin reglas claras.
"La velocidad sin verificación no es periodismo, es ruido con apariencia de noticia."
José Luís Primo
La tesis de esta nota es clara: las redes sociales no mataron al periodismo, pero sí le arrebataron su función más elemental 'ser el origen de la información' sin que la industria haya encontrado, hasta ahora, una respuesta a la altura del desafío. El problema no es tecnológico. Es institucional, cultural y, en última instancia, político.
CUANDO LA FUENTE SE SALTEA AL PERIODISTA
Lo que durante años fue una disfunción 'organismos estatales que no sabían comunicar, agencias que no aprovechaban su posición estratégica, ministerios que dejaban que la información se perdiera en el laberinto burocrático' hoy se resolvió, aunque no de la manera que nadie hubiera diseñado deliberadamente. Los funcionarios twittean sus anuncios. Los líderes sociales suben videos antes de llamar a ningún redactor. Los protagonistas de cualquier conflicto tienen acceso directo a millones de personas sin necesidad de que nadie los llame para una entrevista.
El resultado es una paradoja que merece atención: vivimos en el momento de mayor abundancia informativa de la historia y, al mismo tiempo, en uno de los períodos de mayor desconfianza institucional hacia los medios de comunicación. Según el Reuters Institute Digital News Report 2023, menos del 40% de la población en los principales países occidentales confía en las noticias en general, y en América Latina la cifra es todavía más baja. La información circula más que nunca, pero la autoridad para interpretarla se fragmentó.
"El periodismo de calidad no es un producto cultural que el mercado deba sostener porque es valioso: es una infraestructura democrática."
José Luís Primo
Los medios tradicionales no desaparecieron. Siguen siendo, para la mayor parte de la sociedad, el canal de masificación que convierte un tuit en noticia general: la validación social de un hecho 'la que hace que algo trascienda su burbuja y se instale en la conversación colectiva' todavía depende, en buena medida, de que un medio de alcance masivo lo tome y lo procese. Ese poder no es menor, pero es un poder distinto, más reactivo que proactivo, y esa diferencia importa.

EL PELIGRO DE CONFUNDIR VELOCIDAD CON VERIFICACIÓN EN EL PERIODISMO DIGITAL
Los defensores del nuevo ecosistema digital argumentan, con razón, que la desintermediación tiene virtudes genuinas. La velocidad con que la información circula hoy salvó vidas durante desastres naturales, expuso abusos que los medios tradicionales ignoraban o preferían no cubrir, y dio voz a comunidades históricamente invisibles para la prensa convencional. La horizontalidad de las redes no es solo un eslogan: en algunos contextos, es una democratización real del acceso a la esfera pública.
Ese argumento es válido y no debe descartarse. Pero tiene un límite preciso: la velocidad sin verificación no es periodismo, es ruido con apariencia de noticia. Y el ruido, a escala masiva, tiene consecuencias. La desinformación sobre vacunas, los rumores que aceleran crisis financieras, las narrativas falsas que contaminan procesos electorales: todos estos fenómenos se alimentan de un ecosistema donde la viralidad es el único criterio de relevancia y donde ninguna institución tiene la autoridad ni los recursos para intervenir a tiempo.
Con el recambio generacional, la brecha entre ambos mundos se irá cerrando, aunque no en la dirección que la industria periodística desearía. Las nuevas audiencias no consumen información de la misma manera, no reconocen las mismas instituciones como fuentes legítimas y no esperan que nadie les explique qué es importante. Para ellas, el periodismo tal como lo conocemos no murió: simplemente nunca existió como referencia. La coexistencia entre redes y medios tradicionales durará algunos años más, pero el equilibrio de poder se mueve en una sola dirección.
Y aquí es donde la honestidad intelectual exige ir más allá del diagnóstico: el periodismo de calidad 'riguroso, verificado, contextualizado, independiente del poder económico y político' no es un producto cultural que el mercado deba sostener solo porque es valioso. Es una infraestructura democrática. Y como toda infraestructura, cuando se deteriora, las consecuencias no las paga quien la construyó: las paga el conjunto de la sociedad.
La pregunta que los medios, los Estados y las audiencias deben hacerse no es cómo sobrevive el periodismo en la era digital. Es cuánto le cuesta a una democracia prescindir de él. Esa cuenta, silenciosa y acumulada, ya se está pagando. Y la mayoría todavía no lo sabe, pero los síntomas ya están ahí: procesos electorales contaminados, crisis de confianza sistémica y una ciudadanía que cada vez distingue menos entre señal y ruido.
El desafío para los periodistas no es 'competir con X', es volverse indispensables otra vez: ofreciendo lo que el algoritmo no puede dar: contexto profundo, verificación sistemática, independencia real y narrativas que resistan el paso de las horas.
Quien logre eso en el nuevo ecosistema no solo sobrevivirá; volverá a ser relevante.
Fuente: Ejes de comunicación


